Esto
fue un Fin de Semana
Ya
es cuatro de octubre y apenas estoy recuperando la voz, pero sarna con gusto no
pica y si pica no mortifica. El pasado
miércoles gracias a mi gran capacidad y habilidad para procrastinar, me dormí a las cuatro de la mañana terminando
un trabajo para una clase. El jueves
así, muy descarado, sin dormir me fui a celebrar un cumpleaños y presencié la
situación más xenofóbica e ignorante en mis veintidós años de vida.
Resulta
que los RA de la residencia estaban entrados en tragos, cervezas y quien sabe
que más, mientras entre todo el estruendo de “froshies” alcoholizados nos
preparábamos para salir al Lion’s Pub en Lennoxville. El grupo multicultural compuesto de vecinos
de USA, Sur África, Brasil, Francia, México y Puerto Rico; charlábamos en la
habitación de la cumpleañera y fuimos visitados por los RA antes
mencionados. El alcohol padre de
conversaciones conflictivas engendró el tema globalización, economía y países
sub desarrollados. ¡Qué desilusión! La gran ignorancia canadiense capaz de decir
que el resto del mundo está en desventaja por no tener grandes llanuras
fértiles, sabiendo nosotros que Canadá
es un bloque de hielo casi todo el año.
Escuchar que el mundo está mal por no querer copiar a los países del
norte, sabiendo nosotros que ese es uno
de los mayores errores porque no puedes copiar un gobierno de X cultura
esperando que sea funcional en Y cultura.
Así sucesivamente hasta escuchar cosas como: “a mí no me importa el
resto del mundo”, “si fuera oscurito me entenderías”, “Si lo que quieren es
dinero, pues, les mandamos”; en fin comprendí que la ignorancia está presente
en todo lugar y más en los que creen que saben.
Luego
de ver hasta lágrimas correr y aprender un sonido de las lenguas africanas
decidí irme a dormir, nuevamente a las cuatro de la mañana. Ese viernes treinta
de septiembre madrugar no era una opción.
Esperar que abrieran el “Dewis” para desayunar y recoger mí merienda fue
un momento ensoñado cuasi sonámbulo.
Luego preparé café puertorriqueño para Dennis, que sería mí chofer y
salí a tomar mi curso de francés y disfrutar de la música de la Piaf.
Salí
media hora antes de la clase para esperar por los muchachos en la estación del
bus, donde nos entregarían el auto que habíamos reservado para rentar. Un Pontiac automático en manos de un alemán
que no sabe ni arrancarlo, pues, no es manual y que de casualidad parece a
“Justin Bieber”, no inspira confianza.
Dormir en el auto no fue posible.
Un largo, largo viaje pero divertido a su vez nos esperaba ese día. Canadá es hermoso, pero no se le compara a la diversidad
geográfica de Puerto Rico. Estas
llanuras y panoramas interminables son precisamente interminables y extenuantes
al punto de desesperar. La idea de
insignificancia cruzó mi cordura al ver tanta magnificencia prolongada. Luego de seis horas de viaje vi el mar y
hasta este me pareció más grande. Antes
de Tadoussac hay que cruzar el río St Lawrence en ferri, fue muy divertido ver
como el camino termina en un ferri y luego continúa al otro lado del río habitado
por ballenas.
Una
vez allí fui a buscar la llave de la habitación. Que sorpresa ver un cuarto tan rosado y
florido para cuatro hombres. Pavel
sirvió una especie de ron francés que para mi sorpresa no es otra cosa que
“chichaito” en botella elegante. Luego
de eso mis idiomas cualificaron como fluidos y ni dos minutos luego estaba en
una mesa hablando con unas chicas que estudian en Ottawa. Conocí nuevas personas de Hungría, Suiza,
Alemania y España esa noche. Luego de
la peor cena, en la hostelería de al lado, y un paseo con las nuevas amigas, fui
rescatado por personas que si “conozco” y nos visitaron unas compañeras para
reírse de nuestro cuarto. En el cuarto
reímos hasta media noche solo para percatarnos que dos chicas habían perdido el
bus que las llevaría a su hostelería. Una
larga y fría caminata nocturna! Adiós a
mi voz…
Como
coordinado la noche anterior, ese sábado madrugamos y nos dispusimos a caminar
por Tadoussac. Vimos un lago justo al
lado de mi cuarto, caminamos por el “mercado” y bajamos hasta la hermosa y fría
costa. Luego descubrimos una vereda que
me hiso sentir en paz, harmonía y comunión con la naturaleza. Un hermoso y relajante panorama, una energía
y abundancia incomprensible pero admirada para nuestra raza humana. Pavel, el checo, incluso encontró blue berries que compartió con migo. Luego de la caminata me dió calor y a Dennis
también. Salí a mi cuarto muy apresurado
a dejar mi abrigo, el de Dennis y mi iPod, pues, no quería arriesgarlo en el
agua.
De
regreso al muelle me encontré totalmente solo, sin hora y con hambre. A medida pasaron quince minutos una nostalgia
y desesperación nublaron mi juicio. Un
gran barco zarpó con jóvenes y el terror de tan largo viaje y no ballenas aguó
mis ojos. De regreso, a sufrir en un
banco, con las manos en mis bolsillos, vi a Pavel y Antoine salir de una
vereda. Era muy temprano para zarpar a
ver ballenas, de hecho fui el primero en recibir el uniforme, partí en el
primer bote y el demente, anormal y muy simpático marinero fue el último en
regresar.
En
St. Lawrence las temperaturas fueron muy bajas.
El viaje a ver ballenas es la experiencia más fría que he vivido. No sentía mis pies, de caer al agua moriría
de hipotermia y los guantes no servían para calentar mis manos. Una muchacha muy amable,con la que me comunique en francés todo el tiempo, me prestó un abrigo
para que lo utilizara de bufanda pero con todo y el frio espantoso, la
experiencia fue hermosa. Las belugas y
otras dos especies de ballenas abundaban en la región, me sentía rodeado de
mamíferos gigantes como las “fin whales” segundo animal más grande del
mundo. Pude ver focas y familias de
ballenas belugas, aprendí que antes de los tres años de edad las belugas con
gris y luego se tornan blancas. Esas
ballenas blancas no migran y en invierno se ven obligadas a romper hielo para
poder respirar, tarea que les deja cicatrices.
De regreso
a tierra firme fue una noche muy placentera.
Aunque no tenía voz y me vi obligado a comer de un plato con carne,
siendo vegetariano. Luego de tan mala
comida y en tan pocas cantidades, los muchachos compraron emparedados en el mini
mercado. Antoine encontró la peor
sustancia “comestible” en la faz de la Tierra.
Un emparedado de huevo que les provocó querer vomitar. Varios días luego recordamos el emparedado y
no aguantamos la risa. Especialmente
porque de regreso los muchachos compraron otro en otro lugar y se lo regalaron a Antoine.
Como
les contaba esa noche fue buena. Primero
discutí un rato con Natalia, ecuatoriana
que sigue todo lo que creo no correcto,
ella es liberalita clásica hija de Locke y conductista Watsoniana. Nuestras discusiones no tienen fin. Luego salí afuera como a media noche y
estaban cantando con guitarra y maracas y hasta percusión cerca de una
fogata. Que noche tan bohemia aquella y
que mucho disfrute con tan diversas personas. Los músicos, amigos
de Italia, Argentina y Quebec tenían un repertorio muy "universal". Entrados en sus cuarentas con tantas
libertades me hicieron ver la vida de otra manera y desear un espíritu
libre, aquellos músicos viajeros.
Ese
domingo, madrugar nuevamente, entregar la habitación y partir a Quebec
City. Que ciudad tan majestuoso. Ese lugar me enamoró al punto que encontraría
un trabajo en un café y viviría allí años sin problema alguno. Es el tipo de lugar al que aspiramos visitar
y permanecer para tener una vida como la de Amélie. Arte, cafés y arquitectura
junto a melodías y la grandeza del viento en total armonía. El viento, que es mi opuesto, siempre me ha
fascinado y lo admiro por no comprender su etérea libertad no planificada. En las calles
soplaba como una tormenta pero todos caminábamos y una felicidad llenó mi
cuerpo y mis sentidos. Tanta belleza,
tanta vida y olores florales en esa montaña junto a un río navegable te tienta
a dejarlo todo y comenzar de nuevo.
Ya
en la tarde, comimos en un pequeño restauran libanés, comida que me gusta y además
es económica. De regreso a la Universidad
el camino fue eterno, pues, nos desviamos del “highway” pero llegamos a salvo. Comimos en “Dewis” esa noche y al otro día seguía
sin voz. En estos momentos me encuentro medicándome
con medicina japonesa obsequio de una amiga y planificando este próximo fin de semana.
Ya me invitaron a New York pero no iré, pues,
tengo en mente Ottawa, Toronto y las Cataratas del Niágara.